
lAUTARO Den Dauw
Nací en Villaguay, Argentina, un lugar de amplios espacios verdes, en donde el monte nativo llegaba al borde de la ciudad, se metía un poco en ella y daba la sensación de continuar por el otro margen. Con ríos que corren en todas direcciones.
Mis recuerdos de infancia son de mucho río, de mucho pies descalzo, sobre todo en los meses de verano. De contacto con el suelo y con el barro,y no solamente por el fondo del rio. Pies descalzos sobre la tierra caliente, fútbol bajo la lluvia.
Las lluvias allí son escasas pero intensas, los ríos parecieran esperar dormidos la caída del agua, entonces despiertan con una fuerza increíble.
Impulsivo y pasional, soñador. Quizás tres palabras que me definan a grandes rasgos, y que sin duda tienen mucho que ver con aquél entorno.
Desde 2003 vivo en Bélgica, cuestiones que tiene la vida. Otro mundo, otro ritmo, otra experiencia. Recién ahí entendí la fuerza que tenía todo aquello. Recién ahí entendí lo que podía haber sentido mi tatarabuelo belga.
120 anos después de que él llegara a Argentina desde Bélgica, aquí estoy yo, volviendo a lo que fueron mis orígenes, continuando un camino que la vida traza casi sin pedir permiso.
En 2020 comienzo a mezclarme con la arcilla. Digo mezclarme y no trabajar porque hay un intercambio, hay algo que la tierra me está dando mientras converso con ella. Me trajo serenidad y paciencia, algo fundamental en la cerámica.
El barro, sin avisar, cambió mi vida.
Mi abuela materna fué ceramista aunque nunca me senté a su lado para aprender de ella. Artesana. También pasional y soñadora.
Y si de soñar se trata, recuerdo una canción que me hacía romantizar la imagen del alfarero, Ella decía: “Que cosa tan bella, él y las estrellas. Que cuestión del cielo, un hombre y la tierra, un dulce alfarero”. Simplemente hermoso.
La creación de mis piezas tiene que ver sin duda con todo esto. Formas orgánicas, naturales, simples. Piezas que cuentan sin hablar. Inspirado en el amor por la naturaleza, amor que viene de aquellos anos de pies descalzos, de aquél río y la calma del monte que me ensenó sin palabras. De la misma forma que hoy lo hace la arcilla. Desde ahí florezco.
Todo ese pasado ha hecho de mí una persona que admira, respeta y agradece todo lo que viene de la tierra. Intento protegerla y cuidarla desde mis posibilidades.
El taller en donde hago mis piezas de barro tiene ese espíritu. Una construcción antigua, simple, renovado lo mínimo posible para hacer de él, un lugar armonioso, inspirador; mezclando alli los cuatro elementos escenciales.
Tierra, agua, aire y fuego en equilibrio formando un cuenco.
El tuyo.
Lautaro